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jueves, 22 de junio de 2017

El bultito fantasma

Estaba yo maquillándome el viernes pasado antes del amanecer cuando, al ir a maquillarme los ojos, vi que tenía algo en el ojo izquierdo. En lo blanco, hacia el lado de la sien.

Fui al baño para tener mejor luz y vi que tenía como una “basurita”. Si algo tenemos los usuarios de lentillas es que perdemos todo respeto por los ojos, por lo que intenté quitármela con la ayuda de un pañuelito de papel pero aquello no salía y vi que ya se me estaban empezando a notar las venitas, por lo que opté por dejármelo quieto con la esperanza de que saliera solo.

Terminé de maquillarme y arreglarme y me fui a trabajar. A media mañana me seguía molestando, por lo que fui a mirarme nuevamente y vi que tenía como un granito blanco en el ojo. Pedí una segunda opinión a una compañera y me dijo que, efectivamente, me veía como una especie de bolsita con líquido (pequeñita, no os creáis que aquello era tan evidente) y su recomendación era que me lo viese el médico.

Como era viernes, decidí pedir cita para la semana siguiente. Si me seguía molestando iría y, si se me pasaba, cancelaba la cita y en paz; porque yo soy de las que cancelan la cita para dar oportunidad a otro que realmente la necesite. La primera cita disponible era para el lunes 26 de junio. Pensé para mis adentros que a esas alturas o se me habría pasado solo o se me habría caído el ojo, directamente, por lo que, si veía que aquello me molestaba mucho, no iba a tener más remedio que ir a urgencias y armarme de paciencia hasta que alguien decidiese mirarme a ver qué tenía ahí.

A la una de la tarde ya me molestaba tanto que me planteé no terminar la jornada e irme directamente a urgencias pero, como sólo me quedaban dos horas, decidí aguantar (yo soy así de pava) y, si por la tarde me seguía molestando, ya definitivamente iría a urgencias pero al menos habiendo comido.

Así que, al llegar a mi barrio a eso de las tres y media, pensé que tal vez en la farmacia me lo pudiesen mirar y, con un poco de suerte sería una tontería para la que me podrían vender un colirio y en paz, ahorrándome la visita a urgencias.

Le pido a la farmacéutica que me mire. Me mira. Me dice que no ve nada salvo venitas rojas. Yo insisto en que ahí hay algo. Ella, en que ahí no hay nada. Pregunta si me molesta. Me paro a recapacitar y concluyo que me molesta mucho menos que antes. Le pido un espejo y resulta que la farmacéutica tiene razón; ahí no hay nada salvo venitas rojas. Abandono la farmacia sabiendo que voy  a pasar a formar parte del anecdotario farmacéutico.

Menos mal que tengo un testigo de que ahí hubo algo en algún momento porque si no me hubiese planteado seriamente mi salud mental.


P.S.  Por si alguien se lo pregunta, sí, era el mismo ojo que fue atacado por un zombi como os contaba aquí.

P.S. 2: Dado que esta era una entrada programada, aún no lo sabía cuando la escribí pero va a haber segunda parte. Continuará....

miércoles, 21 de junio de 2017

Anuncios Pesadillescos CCX: La sangre no es agua

Habrá a quien este anuncio le parezca tierno,  mono o mil epítetos ñoños más porque es lo que sucede cuando los protagonistas son niños. A mí me pone de los nervios, directamente.

Vemos a dos niñas mirando por la ventana de su cuarto, en el que se amontonan cantidad de juguetes “vintage” de estos que dejan volar la imaginación sin saturar a las criaturas de ondas electromagnéticas.

Cuando digo que están mirando por la ventana es porque quiero ser generosa. Más que mirar, cotillean. Con prismáticos y todo. Son unas acosadoras en potencia esas niñitas. La que no tiene los prismáticos en la mano lleva gafas de aviador de estilo steam punk (desconozco por qué razón) y come palomitas para disfrutar más del espectáculo gratuito que le ofrecen sus incautos vecinos, quienes parecen no tener cortinas ni persianas.

A través de sus prismáticos miran a los del ático de enfrente, que tienen un montón de plantitas porque se ve que son de lo más ecológicos. Tal vez por eso las niñas saben que esa pareja utiliza una energía renovable y por ese motivo se han decidido por un determinado tipo de tarifa.

Dirigen el artilugio hacia otra ventana donde ven a unos mellizos que, por lo visto, son unos salvajes, a juzgar por el hecho de que el niño le lanza una pelota a la niña, quien la golpea con una pala de ping-pong rompiendo una ventana. Nuestras particulares “detectives” están seguras de que sus padres tienen una tarifa plana de energía, para saber que al menos ese gasto lo pueden controlar.

Por último, centran su atención en un chico que pone una lavadora en plena noche. Sabemos por la niña de los prismáticos que es cantante de un grupo musical y, como ya se sabe que los artistas son unos despendolados y unos hippies todos, seguro que tiene una tarifa nocturna porque se pasará el día durmiendo la mona. Mientras pone la lavadora, vemos cómo su gato se cuela en el cesto de la ropa sucia. Acto seguido, escuchamos un gato maullar y las niñas ponen cara de espanto, tal vez imaginando que el pobre animal ha ido a parar a la lavadora, cosa que en los capítulos de La Pantera Rosa tenía mucha gracia pero en la vida real no tiene ninguna y que, debo decirlo, es uno de mis mayores miedos  y por eso reviso quince veces antes de cerrar la lavadora.

Se preguntan por el gato y, justo en ese momento, aparece su padre ataviado (oh, sorpresa) con un mono de trabajo de la compañía energética anunciante para tranquilizar a las niñitas señalando al gato, quien se pasea tan campante por el tejado (no soy capaz de entender cómo ha podido teletransportarse hasta ahí en décimas de segundo; será una licencia creativa).

Así que ya sabemos por qué las niñas saben qué tarifa tienen todos los vecinos. Es su padre el que les revela toda la información.


Desde luego, está visto que tienen a quien salir. 

lunes, 19 de junio de 2017

Crónicas Felinas CCXVII: Buffffff

Marrameowww!!!

No sé ni cómo he reunido fuerzas para venir a plantar mis zarpas sobre el teclado del portátil de la bruja. Tengo calor. Tenemos calor. Hace mucho calor.

Y vosotros diréis que vaya novedad, que vosotros también tenéis calor y ya no sabéis ni dónde esconderos pero permitidme recordaros que no es lo mismo. Vosotros no lleváis un abrigo de pieles en invierno y en verano. Yo no hago más que soltar pelos y más pelos. Esta parte es divertida porque la casa parece invadida por plantas rodadoras de las del lejano oeste. Lo que no es tan divertido es escupir bolas de pelo. Tiene el aliciente de que después mis humanos tienen que limpiarlo pero el hecho de expulsarlas es bastante incómodo, ciertamente.

Como consecuencia del calor y de los pelos acumulados en el tracto digestivo pese a la malta con la que me ceban día y noche, como menos de lo habitual, lo que obliga a la bruja a estar todo el día detrás de mí con el plato. Hasta me han habilitado el bidet con una toalla húmeda para que vaya ahí a refrescarme pero ni por esas.

Munchkin, por su parte, se pasa el día tirado en el suelo o en el mueble de la entrada, donde parece que corre un poco más el aire, con la panza al descubierto (así como sus vergüenzas) porque él nunca ha conocido el glamour. Es tanto su calor que hasta él tarda en terminarse la comida. Se la come porque a él le parece poco menos que un sacrilegio eso de desperdiciar el alimento pero la cantidad que otrora se zampara de una sentada, ahora tarda dos o tres asaltos en terminarla.

Y eso por no hablar de la  pose. Estaba el otro día el imberbe despatarrado en el suelo cuando la bruja le acercó el plato para que comiera algo más. Él, en su inmenso calor, no quiso ni levantarse pero tenía hambre, por lo que decidió solucionar el conflicto de intereses estirando la pata (en sentido literal y no figurado) y acercándose el platito a los morros para poder comer tumbado. Como la cosa no le funcionaba muy bien porque aun así tenía que levantar la cabeza y eso le suponía un ímprobo esfuerzo, se las ingenió para ir metiendo la pata en el plato y sacando granitos de tal manera que le quedaran al lado de los morros. Para otras cosas no será muy listo pero en lo que se refiere a comer, siempre se las ingenia.

Pues lo dicho, que tenemos mucho calor y no hay toallas húmedas ni ventiladores ni ventanas abiertas por la noche que nos alivien. Si no fuera porque iba a quedar feo feísimo hasta me plantearía raparme el pelaje al cero pero me debo a mi público. Lo de ser un gato mediático a veces tiene sus inconvenientes y no hay blogstar que no concuerde en que para estar bello hay que sufrir.

Y todavía no ha empezado el verano.

Prrrrrr.

jueves, 15 de junio de 2017

De cómo no tuve Internet y viví para contarlo

De esto ya ha pasado tiempo pero, con esto de que me fui de vacaciones, al final no os lo conté y se me quedó este tema pendiente en la lista de posts futuros.

El viernes previo al puente del 15 de mayo estaba yo trabajando tan alegremente (o no tan alegremente pero es mejor tomarse las cosas con humor) cuando, algo más de una hora antes de terminar nuestra jornada, nos instaron a apagar todos los ordenadores. Desconocíamos el motivo hasta que nos enteramos de que el responsable era el ciberataque que tuvo en jaque al mundo entero.

Nuestra empresa no estaba afectada pero, por seguridad, nos mandaron desconectarlo absolutamente todo hasta nuevo aviso. Nosotros decíamos que vaya forma de perder el tiempo para una hora que quedaba así que, al final, en vistas de que la cosa no tenía visos de solucionarse en breve, nos mandaron a todos para casa una hora antes.

Yo estaba que daba palmas con las orejas. A eso llamo yo empezar un puente por la puerta grande. Iba a tener más tiempo para mí. Genial.

El problema fue que, como todavía no estaba claro qué alcance tenía el ciberataque ni cuáles eran realmente los objetivos, el churri me prohibió terminantemente encender el router de casa ni acceder a nada que tuviera contraseña. Así que desconecté del móvil el Facebook, el Twitter y hasta Bloglovin´ y, por último, desconecté los datos por si acaso.

Y ahí fue cuando me di cuenta de lo extraña que se torna la vida cuando no tienes acceso a redes sociales.  Nunca me he considerado adicta a ellas pero sí debo reconocer que se me hacía muy raro no poder consultar cada cierto tiempo si alguien había actualizado el blog, o qué contaban mis primos desde allende los mares o cuál era la nueva polémica tuitera. Una sensación muy extraña, como de ama de casa de los cincuenta viendo la tele como única vía de información del mundo exterior.

Me di cuenta de que mis manos, por puro instinto, se dirigían al móvil movidos por un acto reflejo de consultar novedades y se detenían a mitad de camino una vez que tomaban consciencia de que no había más tela que cortar. No es que me sintiera desesperada ni ansiosa (no llego a tanto) pero sí me sentía mortalmente aburrida, a lo que debo agradecer el hecho de haber adelantado considerablemente en mis lecturas pendientes.

Y esto me dio que pensar si necesitaré desintoxicarme de tanta tecnología o si simplemente será que las redes sociales ya forman parte de mi vida y estos actos reflejos son ya tan naturales como cuando se va la luz y por instinto pulsamos el interruptor al entrar en una habitación y no hay tanto de lo que preocuparse.

¿Y vosotros como vivisteis el ciberataque? ¿Os atacó la paranoia como a una servidora o pasasteis tres kilos del tema y seguisteis con vuestra vida tecnológica normal? ¿Dependemos demasiado de las aplicaciones?

Hala, empezad a opinar.

miércoles, 14 de junio de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIX: Los pavos macarras (II)

Vamos con el segundo anuncio de esta bilogía que comenzamos la semana pasada (podéis ver el primero aquí).

Vemos a los mismos cuatro amigos del primer anuncio en el mismo garito aunque esta vez, se encuentran en la barra. Quiero creer que tanto la escena anterior como esta suceden en el mismo día porque van vestidos exactamente igual así que, si son dos días diferentes, estamos ante el grupo de amigos más aburridos (o raros) de la historia. Van siempre al mismo sitio y tienen un “uniforme” para salir a tomar algo.

Sea como fuere, el camarero coloca la cuenta sobre la barra. La que antes no tenía suelto la coge entre sus dedos y la lee alejándola bastante de su cara. No sé si es porque tiene hipermetropía o porque la cuenta le da como asquito y quiere mantenerla lo más alejada posible. Anuncia que tocan a cuatro pavos por persona. El que tenía una necesidad imperiosa de ir a un cajero en el anuncio previo, se asoma por detrás del hombro de la chica para echar un vistazo a la cuenta. O no se fía de las habilidades de cálculo de su amiga o se fía demasiado y tiene miedo de que los time y se quede con la diferencia. Vaya amigos.

Este mismo chico dice no tener suelto. ¿Será que entre el anuncio anterior y este ha ido al cajero y ahora sólo tiene billetes grandes? Os dije que esto iba a suceder; os lo dije.

La otra dice que le da sólo dos pavos porque se ha tomado solamente una (a sitios muy baratos va esta gente). Nótese que esta misma chica decía en el anuncio anterior que no tenía más que un billete de cincuenta así que no sé ahora de repente cómo tiene moneditas. Ahhhh, te hemos pillado, lagarta.

El que en anteriores capítulos se mostraba indignadísimo porque todo el mundo le ponía excusas para pagar el regalo de otra amiga, ha aprendido la lección y alega tener que pasar por un cajero porque ha aprendido que esta excusa ya le sirve para dos veces.  

Y, como no podía ser de otra manera, aparecen en escena los pavos. Ahora, en vez de bates, uno de ellos va armado con un taburete. El otro se ha puesto unos guantes que parecen de goma, de estos de fregar. Debe trabajar en la cocina o no quiere estropearse esas manos tan grimosas liándose a puñetazo limpio.

Pero esta vez no recurren a la violencia física sino psicológica. El de los guantes mete su moco (esa cosa que les cuelga a los pavos) en la copa de la nueva víctima y remueve con él su cubata, obligándola posteriormente a bebérselo.

Es de esta manera que, finalmente, la pobrecita (aunque de pobrecita tiene poco porque bien que se escaqueó en el anuncio anterior) termina cobrando mientras los pavos acosan al resto del personal.

Y así hemos dado caza a los cuatro. Yo tenía que haber sido detective privada.