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lunes, 22 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXXXIX: Aprovechando las adversidades

Como os contaba aquí, la bruja y el consorte me compraron una fuente porque, según el veterinario, la razón de mi leve deshidratación se debía al hecho de que sólo bebía agua del grifo, a menos que ya fuera causa de fuerza mayor, en cuyo caso me resignaba a beber del plato. Digo “me compraron” porque Munchkin sigue terne en sus trece con eso de no aceptar los avances tecnológicos y continúa aferrado a las tradiciones, bebiendo de su platito naranja de toda la vida.

Si os leísteis la entrada en su momento (y si no, os la leéis ahora, ya que me he tomado el trabajo de enlazarla; a ver si os creéis que voy a hacerlo todo por vosotros), recordaréis que comenté que el cacharro salpicaba agua y, como consecuencia de ello, la cocina tenía un charquito constante en las inmediaciones de la fuente. Como querían poner remedio a dicha circunstancia, entraron a un famoso portal de venta por Internet (ese donde puedes comprar desde un tenedor hasta una réplica a tamaño real del Apolo XIII) y compraron una especie de alfombrita verde turquesa (no me preguntéis por qué motivo; a la bruja le dio con que tenía que ser verde turquesa porque no hay quien la aguante desde que ve programas de decoración) con huellitas de gato estampadas. Muy mona, sí. Pero poco práctica.

Porque la alfombrita es así como “mullidita” y, por ende, absorbe el agua. Sí, vale, ya sé que la idea era que absorbiera el agua para que no se formara un charco en la cocina pero el tema es que, al quedar ensopada de agua, yo decidí que ya no quería beber de la fuente porque me negaba en redondo a estar apoyando las patitas en esa superficie tan desagradable. Así que hicieron un pan como unas tortas y ahora tienen una alfombrita abandonada a su suerte junto a otros trastos mientras piensan si le pueden buscar alguna otra utilidad.

Como quitaron la alfombrita, yo he vuelto a beber de la fuente y, además, he descubierto algo muy útil. Como la fuente salpica (cosa que ya ha quedado sobradamente explicada en este post y el anterior), al beber me mojo el pechito y, como el suelo está mojado, también el rabo. Por lo que he llegado a la conclusión de que la tarea ideal a realizar después de beber es ir a pedirle mimos a la bruja. Mimos intensos, de esos en los que me restriego bien.  Como ella es incapaz de negarme un mimo porque está muy necesitada de cariño (supongo que el hecho de ser una bruja sin sentimientos no ayuda a la hora de conseguir que la gente te quiera), hace de tripas corazón y se aguanta el repelús cuando yo me restriego todo mojado sobre su cara y su ropa. Pero le veo la cara y sé que, en el fondo, está sufriendo cosa mala.

En verano le dará más igual pero ahora en invierno es un entretenimiento maravilloso.

Prrrrrr.

jueves, 18 de enero de 2018

Me mola pasarlo mal

Estas vacaciones dediqué muchas horas a jugar juegos de ordenador. Es algo que hago habitualmente porque, como ya he comentado alguna vez, soy una freaky de las aventuras gráficas pero en vacaciones me desmeleno y soy capaz de estar ahí todo el día, dale que te pego.

Había aprovechado las ofertas de Halloween en una conocida plataforma de juegos que no mencionaré para no hacer publicidad (a menos que me ofrezcan juegos gratis, que una tiene sus principios pero ya se sabe que los principios son una cosa muy frágil) y, por ende, poseía un montón de juegos de miedo que aún no había tenido oportunidad de jugar por motivos absurdos como tener que ducharme, trabajar para comer y demás bobadas.

Así que, en cuanto me vi con unos días libres, opté por sumergirme de lleno en mis aventuras terroríficas. Tengo que decir que, a estas alturas, he jugado tanto que ya no suelen provocarme más que un ligero nerviosismo pero hubo una, una en concreto, que no podía jugar más de un capítulo diario por el estado de tensión permanente al que me veía sometida. Tanto es así, que siempre terminaba con dolor de espalda y de mandíbula, de tanto encogerme y apretar los dientes. Hacía años que no pasaba tanto miedo con un juego (hay que decir que era más walking simulator que aventura gráfica en sí misma), por lo que los últimos capítulos los jugué con el pobre churri al lado para darme apoyo moral.

A lo que voy con esto es a que, en un momento de susto bestial, Forlán me miró con cara de extrañeza y me dio por pensar que los animales nunca pasan miedo a propósito. Si algo les asusta, huyen del peligro para estar tranquilitos en otro sitio. El ser humano es algo muy extraño. Sé que no todos somos iguales pero a muchos nos mola pasar miedo o practicar deportes donde nos jugamos la vida. Aclaro que este último no es mi caso porque me va el peligro pero en un entorno controlado; tan valiente no soy y a eso hay que sumarle que soy muy vaga y todo lo que empiece con “deporte” sea de riesgo o no, sí que me da miedo de verdad. 

Leí alguna vez que eso tiene que ver con la adrenalina. Parece que hay gente que tiene unos niveles de adrenalina más bien bajos y necesita “chutes” para sentirse más vivo o qué sé yo. No sé si será mi caso pero el asunto es que me mola eso de pasar miedo. Lo paso fatal, pero cuando termina la experiencia, ya sea de caer en picado en una montaña rusa o de recorrer una casa llena de sustos, y se me pasa el tembleque, lo recuerdo como una experiencia maravillosa.

Si alguno de vosotros es tan raruno como yo, os diré que el juego es “Layers of Fear” y no pasaba tanto miedo con un juego desde “Dark Fall”. Y ha llovido bastante desde entonces.

miércoles, 17 de enero de 2018

Anuncios Pesadillescos CCXXXI: Yo no rememoro nada

De esta gente creo que ya escribí en alguna ocasión pero es que no dejan de sorprenderme; cada vez que sacan un anuncio es más raro que el anterior y así no hay quien pare con ellos.

Se trata de anuncios de ambientadores. Cada uno forma parte de una serie donde se tratan diversos “valores” o sensaciones o no sé muy bien cómo describirlo. Para muestra, dos botones.

En uno de ellos, vemos a una mujer colocando con mimo sobre una mesa un marco con una foto. En la foto, se aprecia a una pareja de unos sesenta años. A continuación, regula la intensidad de la fragancia del ambientador que tiene enchufado. Viene la pareja de la mujer en cuestión, se toman de las manos y él parece infundirle ánimos. La voz en off nos habla de expectativas por que todo salga bien y que hay que respirar profundamente y mantenerse unidos. En esto, suena el timbre, los dos se acercan a abrir la puerta y en el descansillo está la pareja de la foto de antes. Todos se abrazan y, en la pantalla, vemos sobreimpresa la palabra “valor” y nos informan que la marca de ambientadores tiene una fragancia para eso.

Ehhhhh. No entiendo nada. Columbro que los señores mayores son los suegros de la chica y que ese día se van a conocer. Por la escena inicial, me da a mí que esa foto de los papis del muchacho no suele estar ahí en esa mesita. La ponen para hacer el paripé y estoy segura de que piensan retirarla una vez que salgan por la puerta. Sea como fuere, ¿tanto miedo por conocer a los suegros? ¿En serio es necesario respirar profundamente y tomarse de las manos para armarse de valor? Como no sea porque los suegros sean unos conocidos asesinos en serie, no sé a qué viene tanto alboroto. Y que el ambientador vaya a influir en algo en todo ese proceso ya me parece todavía más increíble.

Os cuento otro, no os preocupéis. En éste, una mujer le da un toquecito al ambientador del baño y se queda ahí, oliendo su aroma con cara de alelada. Nos enseñan un flashback, donde ella se recuerda paseando de la mano con su maridito mientras lleva un ramo de flores en la mano. El maridito en cuestión entra al baño mientras ella se mira el espejo. Va sin afeitar y en pijama y, tras él, entran dos niños alborotando y dando saltitos. Pero nos recuerdan esa sensación de seguir sintiéndote en tu luna de miel diez años después. Es la complicidad y, cómo no, tienen una fragancia para eso también. No sé vosotros pero a mí el ambientador del baño nunca me ha traído maravillosos recuerdos de paseos con el churri. Mucho menos si después lo veo recién levantado porque nadie (absolutamente nadie) está guapo recién levantado. 

Lo mismo en el hotel donde pasaron la luna de miel usaban el mismo ambientador de baño porque no me lo explico. 

lunes, 15 de enero de 2018

Crónicas Felinas CCXXXVIII: El lado equivocado

Marrameowww!!!

Vengo hoy con un nuevo tutorial para gatos principiantes porque hacía mucho que no daba consejos acerca de cómo desquiciar a un humano.

En este nuestro hogar hay puertas que suelen estar cerradas. La de invitados nos está vetada de forma indefinida porque la bruja dice que arañamos el sofá-cama y, encima, lo llenamos de pelos y que qué va a pasar si pernocta allí algún alérgico. Así que en esa me cuelo siempre que puedo cuando la bruja entra a por la tabla de planchar o la escalera de mano (porque, aparte de cuarto de invitados, es trastero; que sepáis que si algún día os quedáis a dormir en casa de la bruja vais a dormir rodeados de cacharros que la bruja nunca sabe dónde meter).

Después tenemos las que están abiertas constantemente: La cocina, nuestro baño (tenemos baño privado como corresponde a gatos de nuestra alcurnia y si algún felino que me lea no tiene, ya está tardando en exigirlo), el salón porque la bruja ya da por perdido el sofá y el dormitorio principal, aunque este último a veces se cierra para que la bruja pueda dormir a pierna suelta y Munchkin no la despierte pidiendo comida a las tres de la mañana.

Luego hay otras en las que sí nos dejan entrar pero sólo cuando hay vigilancia humana. Estas son: El baño de los humanos y la habitación donde el consorte frikea en el ordenador. Ahí  es donde yo quería llegar. Puedo comprender que estén cerradas cuando no hay nadie (me fastidia, pero bueno, ya me he acostumbrado a este hecho) pero, habiendo gente en casa, no sé por qué a veces se encierran en la habitación del ordenador o en el baño y no me dejan entrar. Dice el consorte no sé qué de que ya he tirado el router al suelo unas cuantas veces pero son puras falacias.

Si se da el caso de que un humano se encierra en una habitación, yo supongo que debe ser porque dentro tiene que estar haciendo algo muy interesante. Así que maúllo para que me dejen entrar. Maúllo mucho. Seguro que hasta los vecinos se enteran de que estoy intentando acceder a algún área de la casa. Así que al rato, hartos de escucharme, me abren y vuelven a cerrar para que no entre también el imberbe, porque dicen que es más fácil controlar a un gato que a dos. Y, según cierran la puerta, yo entonces imagino que Munchkin debe estar disfrutando a solas de una aventura sin igual y, por tanto, empiezo a maullar para salir hasta que me abren.

Este proceso, queridos compañeros felinos, puede repetirse tantas veces como sea necesario hasta que vuestros humanos se desesperen o hasta que os dé sueño y os vayáis a dormir la siesta.

Si entremedias os da hambre, también podéis comenzar a maullar para que os alimenten pero recordando que, sea cual sea el lado de la puerta del que os encontréis, siempre será el lado equivocado.

Prrrrrr.

jueves, 11 de enero de 2018

La media docena

El pasado 9 de enero este blog cumplió seis añitos (tendría que ir planteándome enviarlo ya a primaria). Así que, como estaréis imaginando, hoy me toca ponerme un poco moñas.

El 9 de enero de 2012, fecha inaugural del blog, contaba yo con treinta y tres añitos. La edad de Cristo, dicen. Me sentía yo ya mayor pero ahora, que ando rozando los cuarenta, pienso que quién los pillara. Habrá quien diga que gané en experiencia y en madurez pero me da a mí que ni lo uno ni lo otro. En fin, esta reflexión la dejaremos para mi post cumpleañero. Centrémonos en el blog.

Seis años para un blog son mucha tela. Leí hace tiempo que la esperanza media de vida de un blog son cinco meses, así que, si me paro a calcular un poco, he multiplicado por 14 esa esperanza de vida. Ni tan mal, oye. El mérito no es mío, sin embargo. Bueno, vale, he conseguido vencer mi habitual inconstancia y me he mantenido aquí al pie del cañón, que alguna flor a mí misma también tendré que echarme pero el motivo principal por el que esto siga vivo sois vosotros. Me gusta escribir; eso está claro. Pero, si sólo fuera por el placer de darle a la tecla, guardaría mis divagaciones en el disco duro de mi portátil rosa-divino de la muerte- que me tiene loquita de amor y nadie se enteraría de mis tonterías. Cuando una persona decide abrir un blog es porque quiere abrir una ventanita al mundo. Y si a esa ventanita no se asoma nadie, pues para qué seguir, la verdad. Este no es un blog multitudinario; no me siguen miles de personas ni me paran por la calle para pedirme fotos (¿a algún blogger le pasa eso o es algo reservado exclusivamente a los youtubers?) pero, si de algo me enorgullezco, es de tener un público muy fiel. Estáis ahí siempre. Hay nicks que aparecen en los comentarios desde el principio de los tiempos y nunca (pero nunca, nunca) podré agradecer lo suficiente esa fidelidad. Me encanta responder vuestros comentarios, me encanta pasearme por vuestras casitas y me encanta formar parte de esta comunidad tan chula que se ha ido formando a lo largo de los años. Una comunidad donde siempre ha primado el buen rollo, donde no he tenido problemas de trolls ni de haters ni de nada (supongo que el hecho de tener un perfil bajo ayuda en ese sentido) y que ha pasado a formar parte de mi vida, como una segunda familia virtual (algunos no tan virtuales a estas alturas, que las tardes de cañitas con algunos de vosotros son impagables).

Mil gracias a todos por estar ahí un añito más y, a los que lleguéis este año (si llegan), os doy la bienvenida y espero que aquí os sintáis como en casa porque este es un blog para sacudirnos un poco las tragedias cotidianas y echarnos unas risas, que buena falta nos hacen a veces.